Serbia tiene por primera vez una presidenta lesbiana. Pero no es “lesfriendly”

Cuando una mujer visiblemente lesbiana consigue algo tan histórico como Ana Brnabic, recientemente nombrada primera presidenta de Serbia, es una noticia que nos alegra mucho a quienes llevamos años trabajando por la visibilidad de nuestro colectivo.

¿Pero ser una presidenta lesbiana garantiza derechos para la población LGTB? A veces no.

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Por primera vez un país de los Balcanes tiene al frente del Estado a una persona abiertamente homosexual. Ana Brnabić, lesbiana, de 51 años, es desde esta semana presidenta interina de Serbia.

Sobre el papel, el titular es extraordinario. Una mujer. Lesbiana. Presidenta de un país balcánico. Pero antes de sacar las banderas conviene seguir leyendo.

Porque la historia de Ana Brnabić y los derechos LGTBI en Serbia es bastante más incómoda que el titular. Y plantea además una pregunta interesante: ¿hasta qué punto la presencia de una persona lesbiana en el poder supone un avance para las demás lesbianas si desde ese poder apenas se impulsan sus derechos?

Brnabić ha asumido temporalmente la presidencia después de la dimisión de Aleksandar Vučić, en medio de una grave crisis política y tras casi dos años de protestas. Hasta ahora presidía el Parlamento y anteriormente fue primera ministra de Serbia durante siete años, entre 2017 y 2024. Su llegada a aquel cargo ya había sido histórica: fue la primera mujer y la primera persona abiertamente homosexual en dirigir el Gobierno serbio.

Ahora vuelve a romper otro techo de cristal. Y, sin embargo, las lesbianas serbias continúan viviendo bajo un techo legal considerablemente más bajo que el suyo.

Una primera ministra lesbiana que no quiso hacer de los derechos LGTBI una prioridad

Cuando Brnabić llegó al Gobierno en 2017, su nombramiento tuvo una enorme repercusión internacional.

Serbia, un país donde la población LGTBI había sufrido durante años discriminación y violencia y donde las marchas del Orgullo habían llegado a ser prohibidas por motivos de seguridad, tenía una primera ministra lesbiana.

Pero ella misma quiso marcar distancias desde el principio.

En una entrevista con The Guardian poco después de asumir el cargo explicó que no quería ser etiquetada como “la primera ministra gay de Serbia” y que no tenía previsto priorizar reformas legales LGTBI. Su argumento era que una mejora económica y social general contribuiría a construir una sociedad más tolerante.

“No quiero cambiar la forma de pensar de la gente mediante leyes”, afirmó entonces.

Durante sus siete años al frente del Gobierno hubo algunos gestos importantes. En 2017 se convirtió, por ejemplo, en la primera jefa del Gobierno serbio en asistir al Orgullo de Belgrado.

Pero los grandes cambios legales nunca llegaron. Serbia continúa sin reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Tampoco existe una unión civil que otorgue a estas parejas una protección equivalente.

En 2021, durante el Gobierno de Brnabić, llegó a elaborarse un proyecto de ley para regular las uniones entre personas del mismo sexo. El entonces presidente Aleksandar Vučić anunció que no lo firmaría alegando que chocaba con la Constitución, y la iniciativa terminó paralizada.

Brnabić continuó como primera ministra.

Madre, pero no legalmente

Y aquí la contradicción se vuelve especialmente llamativa.

Ana Brnabić mantiene desde hace años una relación con la médica Milica Đurđić. En febrero de 2019, Đurđić dio a luz a Igor, un niño concebido mediante fecundación in vitro.

La noticia dio la vuelta al mundo: una primera ministra abiertamente lesbiana acababa de ser madre junto a su pareja mientras estaba en el cargo. Pero existe un detalle fundamental.

Ante la ley serbia, Brnabić no es la madre de Igor.

Serbia no reconoce legalmente a las dos integrantes de una pareja de mujeres como progenitoras. Jurídicamente, solo Milica Đurđić, que dio a luz al niño, es su madre.

Es decir: una de las mujeres con mayor poder político del país ha criado a un hijo dentro de una familia que el Estado que ella misma gobernó no reconoce plenamente.

Y todavía hay más.

El escándalo de la reproducción asistida

Pocos meses después del nacimiento de Igor, el Ministerio de Sanidad del Gobierno de Brnabić aprobó en 2019 un reglamento sobre reproducción asistida que incluía entre los motivos de exclusión para donar células reproductivas haber mantenido relaciones homosexuales durante los cinco años anteriores.

La propia institución serbia encargada de proteger la igualdad examinó posteriormente la norma y concluyó que aquella disposición suponía discriminación por orientación sexual.

El problema iba más allá de la donación.

Combinada con una legislación reproductiva diseñada alrededor de parejas heterosexuales, la normativa dejaba en la práctica a las parejas del mismo sexo sin una vía equivalente para acceder a reproducción asistida dentro del país. El Consejo de Europa llegó a señalar esta situación expresamente.

La paradoja resultaba difícil de ignorar.

Ese mismo año Serbia tenía una primera ministra lesbiana criando junto a su pareja a un bebé concebido mediante FIV.

Las informaciones publicadas entonces señalaron que el tratamiento de su pareja se habría realizado en el extranjero, algo que nunca fue desmentido oficialmente.

Cuando años después preguntaron a Brnabić por aquellas restricciones, respondió que era un asunto del que se estaban ocupando las instituciones correspondientes.

Y llegó EuroPride

Otro de los momentos que deterioraron especialmente su relación con parte del activismo LGTBI ocurrió en 2022.

Belgrado debía acoger EuroPride, uno de los grandes acontecimientos europeos de visibilidad LGTBI. Ante las amenazas y movilizaciones de grupos ultraconservadores, Vučić anunció que la marcha sería cancelada.

Human Rights Watch denunció aquella decisión como una vulneración de derechos. ¿Y qué hizo la primera ministra lesbiana?

Brnabić respaldó la decisión de priorizar, según sus palabras, “la paz y la estabilidad” del país.

La situación resultaba especialmente paradójica porque durante el proceso de candidatura para celebrar EuroPride en Belgrado ella misma había prometido el apoyo del Gobierno serbio.

Finalmente la marcha pudo celebrarse, aunque con fuertes restricciones y un enorme despliegue policial.

Una lesbiana en el poder no significa necesariamente derechos para las lesbianas

Hoy Serbia vuelve a protagonizar titulares internacionales gracias a Ana Brnabić.

Y el hito existe.

Que una mujer abiertamente lesbiana pueda ser primera ministra, presidenta del Parlamento y ahora presidenta interina de un país balcánico habría resultado difícil de imaginar no hace demasiadas décadas.

La representación importa.

Pero representación y políticas de igualdad no son necesariamente lo mismo.

En su Rainbow Map de 2026, ILGA-Europe otorga a Serbia apenas un 34% en protección de los derechos LGTBI. El país ocupa el puesto 29 entre los 49 analizados y sigue sin reconocer legalmente a las parejas del mismo sexo. La organización señala además que Serbia no ha aprobado ninguna legislación afirmativa relevante en materia LGTBI desde 2021.

Una lesbiana puede llegar a lo más alto del Estado.

Las demás lesbianas siguen sin poder casarse con sus parejas.

Pueden formar una familia, pero el Estado puede no reconocer a las dos madres.

Y durante el mandato de una primera ministra lesbiana se aprobó una regulación reproductiva que organizaciones e instituciones denunciaron como discriminatoria por orientación sexual.

Por eso algunos activistas y analistas serbios llevan años cuestionando que la orientación sexual de Brnabić sea utilizada internacionalmente como demostración de la supuesta apertura del país.

El profesor y periodista serbio Dinko Gruhonjić lo resumía estos días en declaraciones a El País: la distancia entre la protección y seguridad familiar de la que ha disfrutado Brnabić y la realidad cotidiana de buena parte de las personas LGTBI serbias continúa siendo enorme.

Así que sí.

Serbia tiene por primera vez una presidenta lesbiana.

Es histórico.

Pero quizá la verdadera noticia llegue el día en que las lesbianas serbias puedan disfrutar de los mismos derechos familiares que cualquier otra persona.

Incluida su presidenta.

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