Hace 30 años, dos lesbianas robaron a la mafia y cambiaron el cine para siempre

Hay películas que envejecen raro. Las vuelves a ver treinta años después y piensas: “madre mía, qué miedo dábamos en los noventa”. Y luego está Bound.

La película de las hermanas Wachowski cumple ahora 30 años y sigue siendo exactamente lo que era en 1996: sexy, peligrosa, inteligente y tremendamente lesbiana. No “lesbiana para hombres hetero”. No “lesbiana insinuada”. Lesbiana de verdad. De miradas sostenidas demasiado tiempo, de tensión masc-femme perfectamente calibrada, de deseo filmado desde dentro y no desde fuera.

Y quizá por eso sigue sintiéndose tan moderna.

Porque mientras medio Hollywood todavía estaba intentando decidir si dos mujeres podían darse un beso sin que sonara música triste de fondo, decidir si eran enfermas, si acababan muertas o eran vampiras, Bound apareció con Gina Gershon y Jennifer Tilly planeando robarle dos millones de dólares a la mafia mientras se arrancaban la ropa mutuamente.

Iconos.

La premisa era gloriosa incluso para los estándares del mejor cine noir: Corky, una exconvicta lesbiana recién salida de prisión, llega a un edificio para hacer unas reparaciones de fontanería. Allí conoce a Violet, la novia de un mafioso insoportable, violento y profundamente convencido de que controla absolutamente todo. Lo que él no sabe es que Violet lleva bastante tiempo deseando escapar. Y lo que tampoco imagina es que acaba de conocer a la mujer adecuada.

A partir de ahí, la película entra en modo thriller sudoroso de los buenos: dinero robado, dobles juegos, pistolas, llamadas telefónicas tensísimas y una química entre las protagonistas que todavía hoy sigue siendo ridículamente superior a la de la mayoría de películas lésbicas actuales.

Porque sí: han pasado tres décadas y muchas seguimos pensando que Bound continúa teniendo una de las escenas de sexo lésbico mejor rodadas de la historia del cine.

Y eso tiene bastante mérito teniendo en cuenta el contexto.

Estamos hablando de 1996. Ellen aún no había salido del armario públicamente. The L Word ni existía. Y Hollywood seguía tratando las historias entre mujeres como tragedias, fetiches o experimentos universitarios que terminaban mal.

Pero las Wachowski hicieron algo completamente distinto. Rodaron deseo lésbico desde la mirada lésbica.

Las manos de Corky arreglando tuberías. Violet observándola como quien ya sabe perfectamente lo que quiere. La tensión física constante. El juego entre masculinidad y feminidad. El placer. El humor. La picardía.

Todo filmado con una naturalidad tan poco habitual para la época que incluso la MPAA estuvo a punto de calificar la película como NC-17 porque pensaban que la escena de sexo parecía “demasiado real”.

Para construir esa intimidad, las Wachowski contaron además con la escritora y educadora sexual Susie Bright, que ayudó a coreografiar las escenas entre Gershon y Tilly. Algo revolucionario para la época y bastante adelantado a todo lo que hoy llamamos coordinación de intimidad.

Lo fascinante es que Bound no era una película pequeña intentando pedir permiso para existir. Era descarada. Segura de sí misma. Sabía exactamente lo que era.

Un neo-noir criminal protagonizado por lesbianas que, además, resultaba ser increíblemente bueno como thriller.

Porque la película no funciona solo por la tensión sexual. Funciona porque está dirigida con una precisión casi enfermiza. Cada llamada telefónica genera ansiedad. Cada movimiento de Joe Pantoliano como Caesar parece una bomba a punto de explotar. Y mientras todo se vuelve más peligroso, Corky y Violet siguen encontrando momentos para mirarse como si fueran las únicas dos personas del planeta.

Es imposible no entender por qué acabó convirtiéndose en película de culto.

Y también es imposible separar hoy Bound de la historia de Lana y Lilly Wachowski.

En aquel momento todavía no habían hecho pública su transición, pero revisitar la película ahora hace que muchas cosas cobren otro sentido: los personajes atrapados en vidas que no sienten propias, la sensación de encierro, la idea constante de escapar de las cajas donde el mundo intenta meterte.

Todo eso ya estaba ahí.

Solo que todavía no teníamos las palabras.

Quizá por eso Bound sigue emocionando tanto a nuevas generaciones de lesbianas. Porque no se siente como una reliquia. Se siente viva. Sigue teniendo nervio, deseo, humor y peligro. Sigue teniendo a Gina Gershon caminando como si hubiera inventado el lesbianismo moderno. Sigue teniendo a Jennifer Tilly fumando y manipulando hombres con esa voz imposible. Y sigue teniendo algo muy difícil de encontrar incluso hoy:

Dos mujeres enamoradas sobreviviendo juntas. Felices. Con dinero robado y tacones, además.

Como debe ser.

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