Dos mujeres caminan por una calle de Palma. Un hombre se acerca, comienza a insultarlas “por lesbianas” y a amenazarlas de muerte. Ellas intentan marcharse. Él las sigue en bicicleta.
Después llega una botella de cristal. Piedras. Y una llave inglesa. No estamos contando la escena de una película. Ocurrió la noche del 9 al 10 de septiembre en la calle Manacor de Palma.
La Policía Nacional ha detenido a un hombre como presunto autor de un delito de odio y otro de amenazas después de que las dos mujeres denunciaran haber sido perseguidas y agredidas por su orientación sexual.
Y ocurre apenas un mes después de otro episodio que nos estremeció especialmente: la denuncia de varias niñas de 14 años en Benialí, Alicante, que fueron insultadas por “bolleras” y agredidas durante las fiestas del pueblo.
Dos sucesos diferentes, todavía bajo investigación judicial o policial, pero con algo que resulta imposible ignorar: mujeres atacadas en España mientras su orientación sexual se convierte en insulto y motivo de violencia. Y ocurre precisamente en un país considerado uno de los más avanzados del mundo en derechos LGTBI y que en 2026 alcanzó, por primera vez, el número uno del Rainbow Map de ILGA-Europe, el principal ranking europeo sobre protección legal del colectivo. España puede encabezar las clasificaciones internacionales, reconocer nuestras familias y proteger nuestros derechos sobre el papel. Pero noticias como las de Palma y Benialí nos recuerdan que tener algunas de las mejores leyes de Europa no significa que dos mujeres puedan sentirse siempre igual de seguras cuando salen a la calle.
Las persiguió cuando intentaron alejarse
Según la información facilitada por la Policía Nacional, todo comenzó cuando el 091 recibió una llamada alertando de que un hombre estaba agrediendo a una mujer en plena vía pública.
Cuando llegaron las patrullas encontraron a dos mujeres intentando resguardarse de un hombre que circulaba en bicicleta y que, según la Policía, se encontraba en un alto estado de agitación.
Las mujeres explicaron a los agentes que el hombre se había acercado a ellas y había comenzado a increparlas con insultos lesbófobos y amenazas de muerte.
Intentaron marcharse. Pero él las siguió en bicicleta mientras continuaba increpándolas por su orientación sexual.
En un momento de la persecución les lanzó una botella de cristal, que no llegó a alcanzarlas. Después recogió varias piedras del suelo y las arrojó contra ellas. Una impactó en el brazo de una de las mujeres y le provocó una lesión.
La agresión no terminó ahí.
Según el relato de las víctimas recogido por la Policía, el hombre sacó una llave inglesa que llevaba entre sus pertenencias y llegó a golpearlas varias veces hasta que pudieron pedir ayuda. Una de ellas tuvo que ser atendida por una ambulancia y trasladada a un centro médico.
Cuando los agentes fueron a detenerlo, el hombre mantuvo una actitud que la Policía describe como “muy agresiva” y “poco colaborativa”, opuso resistencia y también profirió amenazas de muerte contra los policías.
Finalmente fue arrestado como presunto autor de un delito de amenazas y otro de odio.
Hace solo un mes eran niñas de 14 años
El caso inevitablemente nos lleva a recordar lo sucedido el pasado agosto en Benialí, una pequeña localidad de La Vall de Gallinera, en Alicante.
Cuatro menores denunciaron ante la Guardia Civil haber sufrido una agresión durante las fiestas locales por parte de tres chicos, también menores de edad.
Las chicas tenían 14 años.
Según su denuncia, comenzaron a recibir insultos relacionados con la orientación sexual de algunas de ellas. El entorno de las menores relató que los jóvenes las llamaron “bolleras” y “mariconas”, mientras gritaban también “Viva Franco” y “Viva Vox”.
Las primeras informaciones hablaron de cinco chicas presentes; finalmente fueron cuatro las que formalizaron denuncia y una quinta menor declaró como testigo. Los tres chicos señalados, de entre 16 y 17 años, dieron una versión diferente de lo ocurrido.
Días después se conoció además que habían presentado una denuncia contra las jóvenes asegurando que ellos habían sido los agredidos.
Por eso es importante ser precisas: la Guardia Civil continuaba investigando el caso, analizando las versiones de ambos grupos y los partes de lesiones para establecer las responsabilidades y determinar si existió además un delito de odio por orientación sexual.
Lo que sí consta es que las menores denunciaron insultos lesbófobos y que el caso provocó una enorme reacción en la localidad. El Ayuntamiento manifestó públicamente su “más absoluta repulsa y condena” ante las actitudes homófobas y se celebró una concentración vecinal de rechazo.
Cuando “bollera” vuelve a convertirse en un arma
Hay algo particularmente doloroso en unir estas dos noticias. No porque podamos establecer una relación directa entre ellas. Dos agresiones no permiten hablar por sí solas de una tendencia.
Pero sí permiten hablar de algo que conocemos demasiado bien. Podemos celebrar que cada vez haya más referentes lesbianas. Podemos casarnos, formar nuestras familias, aparecer en series, ocupar espacios públicos y vivir nuestra orientación sexual con una libertad que generaciones anteriores no tuvieron.
Y, al mismo tiempo, todavía hay mujeres para las que coger de la mano a su novia, besarla o simplemente ser identificadas como lesbianas puede convertir una noche cualquiera en una situación de miedo.
En Benialí las denunciantes tenían 14 años.
En Palma, según su relato, dos mujeres intentaron alejarse de un desconocido y este decidió perseguirlas.
Por eso estas noticias no hablan únicamente de quienes atacan.
Hablan también de algo mucho más elemental: nuestro derecho a ocupar la calle sin calcular antes quién nos está mirando. Sin soltar una mano. Sin separar nuestros cuerpos cuando alguien se acerca.
Sin preguntarnos si ese beso que daríamos automáticamente en casa es buena idea en ese lugar.
Y sin que “bollera” vuelva a ser utilizada como una amenaza.
Porque llevamos muchos años trabajando para convertir esa palabra en algo que podemos decir con orgullo.
No vamos a permitir que nadie vuelva a convertirla en miedo.

