Hay algo profundamente emocionante en escuchar a una mujer lesbiana adulta poner palabras, por fin, a cosas que muchísimas hemos sentido a lo largo de nuestra infancia o juventud.
Esa sensación de crecer sin referentes. De admirar intensamente a otras mujeres sin entender todavía qué te estaba pasando. De vivir en un lugar donde ni siquiera sabías que existía otra posibilidad para ti.
Eso es exactamente lo que ha contado ahora la actriz Inma Cuesta en Está el horno para bollos, el podcast de Judith Tiral y Nerea Pérez de las Heras en RTVE Play. Y honestamente: muchas lesbianas españolas podrían escucharla y pensar “Dios mío, literalmente yo”.
La actriz habló de su llegada a Córdoba cuando era joven, una etapa que describe como “el despertar de todo”. El despertar de su vocación como actriz, sí, pero también de algo mucho más íntimo.
“Era un poco el despertar de todo, el despertar de mi vocación como actriz y el despertar de la vida, de repente veías a gente que decía ‘soy gay’ o ‘soy lesbiana’ y, de repente, era como que te explotaba la cabeza”, explicó.
Y añadió algo que probablemente entenderá cualquier mujer lesbiana que creciera sin referentes cerca:
“Fueron los años más felices de mi vida porque era como el despertar de todo”.
Lo interesante de las declaraciones de Inma es que hablan de algo que pocas veces se cuenta bien: muchas lesbianas no “supieron” desde niñas lo que eran porque simplemente no tenían el mapa. No existía la posibilidad visible. No había ejemplos. No había lenguaje.
“En realidad, lo que tú no ves no existe para ti”, reflexionó durante la conversación.
Y entonces contó una anécdota maravillosa sobre su pareja, la guionista Ángeles Maeso, con quien tiene dos hijos. Cuando Ángeles visitó el pueblo donde creció Inma, le dijo: “Qué fuerte que tú vengas de este lugar tan pequeño donde soñar tan grande era imposible”.
Porque la actriz viene de Arquillos, un pequeño pueblo de Jaén donde crecer soñando con ser actriz ya parecía una fantasía enorme. Imaginar además una vida lesbiana visible era directamente otro planeta.
“¿Cómo iba una niña de un pueblo donde no había teatro, no había cine…?”, contó Inma. “Sabes que te encanta tu profesora, que la admiras muchísimo, que te encanta la actriz tal porque te fijas en ella como actriz, pero no sabes lo que te pasa”.
Y ahí está probablemente una de las frases más importantes de toda la entrevista.
Porque muchísimas lesbianas crecieron exactamente así: confundiendo admiración con deseo porque nadie les había enseñado que podían enamorarse de otra mujer.
Inma también explicó que antes de descubrir esa parte de sí misma llegó a enamorarse de un chico de su colegio. Pero fue después, ya en Córdoba, cuando entendió realmente lo que sentía.
“Fue en Córdoba donde me enamoré por primera vez y supe que era posible. Antes es que no lo podía saber tampoco”.
Qué frase tan brutal. No “no me atrevía”. No “lo escondía”. No: “no lo podía saber”.
Y quizá ahí está la clave de por qué estas declaraciones son tan importantes. Porque desmontan esa idea simplista de que todas las lesbianas tienen siempre clarísimo quiénes son desde pequeñas. A veces simplemente faltan referentes, palabras, imágenes, otras mujeres viviendo libremente.
Precisamente por eso tuvo tanta importancia la salida del armario pública de Inma Cuesta hace unos años. Una salida del armario sin drama, sin exclusiva y sin espectáculo. Simplemente compartiendo vida junto a su mujer, Ángeles Maeso.
Hoy sabemos que están casadas, que tienen dos hijos —un niño y una niña— y que además trabajan juntas. Hace unos meses, la actriz contó en La Script que ambas están escribiendo una comedia romántica lésbica juntas, una noticia que hizo felices a medio internet sáfico español.
Y honestamente: tiene todo el sentido del mundo.
Porque después de escuchar a Inma hablar de cómo fue crecer sin referentes, dan todavía más ganas de ver historias escritas por mujeres que sí saben cómo se siente todo eso por dentro.
Historias donde las lesbianas no aparezcan solo como conflicto.
Historias donde podamos, simplemente, existir.

