Hay películas que llegan sin hacer ruido… y de repente te atraviesan.
Eso es lo que pasa con Tres mujeres (À voix basse), lo nuevo de Leyla Bouzid, una de esas directoras que no necesitan levantar la voz para decir cosas enormes. Su cine siempre ha tenido algo muy íntimo, casi como si te dejara entrar en una habitación donde están pasando cosas importantes, pero nadie se atreve a decirlas en alto.
Y aquí, una vez más, lo hace.
Esta historia arranca con una muerte. La de un tío. Un regreso a casa. Un funeral. Pero en realidad no va de eso. Va de todo lo que se queda dentro cuando no puedes vivir como eres. Va de las cosas que se callan en las familias, de lo que se sospecha pero no se nombra, de las miradas que duran un segundo más de lo que deberían.
Lilia vuelve a Túnez desde París. Y vuelve también, sin querer, a una versión de sí misma que ya no encaja del todo. Su familia no sabe quién es ahora. No sabe a quién ama. No sabe lo que ha construido lejos de ahí. Y en esa casa —la casa de la abuela, cargada de memoria, de historias que flotan en las paredes— todo parece moverse entre el pasado y algo que quiere salir pero no puede.
Porque estamos en un lugar donde la homosexualidad no solo se esconde: se castiga.
Y, aun así, el amor aparece.
No como un gran gesto épico.
Sino como algo más real: silencioso, frágil, necesario.
Bouzid lo cuenta sin subrayados. No necesita convertir la historia en un discurso porque ya es política en sí misma. Filmar a dos mujeres que se aman en ese contexto ya es, de por sí, un acto de resistencia. Como ella misma ha dicho, esas mujeres ni siquiera existen en las representaciones. No están en las películas. No están en el imaginario. No están, aparentemente, en ningún sitio.
Pero sí están.
Y esta película las mira.
Lo bonito de Tres mujeres es que no se queda solo ahí. También habla de generaciones que no se entienden, de madres e hijas que se quieren pero no saben cómo acercarse, de secretos que pesan más que las palabras. Hay algo casi físico en esa casa, como si guardara todo lo que no se dijo durante años.

Y en medio de todo eso, Lilia busca respuestas. Sobre la muerte de su tío, sí. Pero sobre todo sobre sí misma.
La película, que pasó por la Berlinale y llega a los cines el 22 de mayo, tiene algo que se queda contigo después. No es solo lo que cuenta, es cómo lo cuenta. Hay una delicadeza constante, una forma de mirar los cuerpos, los gestos, los silencios, que la hace especial. Como si cada escena estuviera respirando.
Y quizá por eso apetece tanto verla.
Porque no es solo una historia sobre represión.
Es una historia sobre deseo.
Sobre identidad.
Sobre el derecho a existir, incluso cuando todo alrededor te dice que no deberías.

