Ethel Smyth: la sufragista lesbiana que dirigía coros desde la cárcel con un cepillo de dientes

En la historia del feminismo hay nombres que todo el mundo conoce. Y luego está Ethel Smyth: compositora de ópera, activista sufragista, mujer abiertamente enamorada de otras mujeres… y una figura que, pese a todo eso, hoy casi nadie recuerda.

Durante décadas fue una lesbiana visible en una época en la que eso prácticamente no existía en el espacio público. Escribió sin esconderse sobre sus relaciones con mujeres, se movió en círculos artísticos y políticos llenos de figuras influyentes y participó activamente en la lucha por el voto femenino. Sin embargo, su nombre quedó relegado en muchos relatos históricos.

Y eso que su biografía parece escrita por alguien que pensó: “¿y si mezclamos música clásica, revolución feminista, romances intensos y un poco de vandalismo político?”

Cuando las sufragistas rompían ventanas

Marzo de 1912. Londres. Smyth se encontraba junto a la líder sufragista Emmeline Pankhurst frente a la oficina del diputado antisufragista Lewis Harcourt.

Y no estaban allí para conversar. Con bastante calma —según los relatos de la época— comenzaron a lanzar ladrillos contra las ventanas del edificio. El ataque formaba parte de una campaña coordinada: más de cien sufragistas rompieron escaparates y cristales por todo Londres esa misma noche.

Muchas fueron arrestadas. Smyth entre ellas. Fue condenada a dos meses en la prisión de Holloway, donde acababan muchas activistas del movimiento.

Y aquí llega una de las escenas más memorables de toda esta historia. Cuando el director de orquesta Thomas Beecham fue a visitarla, encontró a las presas marchando por el patio cantando un himno sufragista mientras Smyth dirigía el coro desde la ventana de su celda.

Su batuta era un cepillo de dientes. La canción, por supuesto, también era suya.

Un año antes había compuesto The March of the Women, una pieza que rápidamente se convirtió en el himno del movimiento por el voto femenino en Reino Unido.

El periódico sufragista del momento la describía como “un himno y un llamado a la lucha a la vez”. Se cantaba en marchas, manifestaciones, mítines… y, como acababan de demostrar las presas de Holloway, también en prisión.

Para Smyth, la música nunca estuvo separada de la política.

Una niña victoriana que no pensaba comportarse como tal

Smyth nació en 1858 en Sidcup, Inglaterra, en una familia acomodada. Su padre era militar y tenía una idea bastante clara de cómo debía ser la vida de su hija: tranquila, correcta y dentro de los límites sociales de la época.

Pero Smyth quería ser compositora de ópera, algo que en el siglo XIX era prácticamente territorio exclusivo de hombres. Después de años de discusiones familiares consiguió lo que parecía imposible: estudiar en el Conservatorio de Leipzig, uno de los centros musicales más prestigiosos de Europa.

Allí conoció a figuras clave de la música como Pyotr Ilyich Tchaikovsky, quien reconoció su talento, además de encontrarse con Johannes Brahms y Clara Schumann.

También descubrió algo que marcaría su carácter: el mundo musical estaba dominado por hombres hasta extremos absurdos. Años más tarde describiría el ambiente del conservatorio como una auténtica “máquina de hombres”.

Smyth tenía claro que no quería quedarse en el papel que la sociedad reservaba para las mujeres en la música: tocar piezas ligeras en el salón para entretener a invitados.

Su ambición era otra.

Compuso obras sinfónicas, música coral y óperas. Su Misa en Re se interpretó en el Royal Albert Hall en 1893 con gran éxito y su ópera The Wreckers (1906) se convirtió en una de sus composiciones más conocidas.

Era una carrera impresionante para cualquier compositor de la época. Más aún para una mujer que insistía en entrar en espacios donde las mujeres apenas tenían presencia.

Una vida sentimental que tampoco seguía las normas

Si su carrera artística rompía moldes, su vida sentimental tampoco se ajustaba demasiado a lo esperado.

Smyth mantuvo relaciones intensas con varias mujeres, entre ellas la novelista Edith Somerville, la aristócrata Mary Ponsonby y vínculos cercanos con artistas como Romaine Brooks o Renata Borgatti.

Su vida sentimental fue, de hecho, bastante comentada en su tiempo: triángulos amorosos, amistades apasionadas y una enorme red de artistas y escritoras lesbianas y bisexuales en su entorno. Smyth conoció a Emmeline Pankhurst en 1910 durante una reunión política y quedó completamente fascinada por su discurso.

Se unió al movimiento sufragista casi inmediatamente.

Muchos testimonios sugieren que también se enamoró profundamente de ella. La escritora Virginia Woolf, amiga de Smyth, llegó a escribir en una carta que ambas mujeres compartían la cama.

Más allá de los detalles personales, lo cierto es que Smyth se volcó completamente en la causa: componía música para el movimiento, escribía artículos, participaba en protestas y aceptaba sin demasiadas dudas las consecuencias de esa militancia.

Incluida la cárcel.

De sufragista radical a Dama del Imperio

Años después, su trayectoria artística fue reconocida oficialmente. En 1922 recibió el título de Dama del Imperio Británico, uno de los honores más importantes del país.

Una paradoja curiosa para alguien que había pasado por prisión por romper escaparates.

Murió en 1944 tras una vida intensa, llena de música, política, amores y polémicas.

Con el paso del tiempo, el nombre de Smyth fue desapareciendo de muchos relatos históricos. Parte de su obra dejó de interpretarse con frecuencia y su figura quedó eclipsada por compositores masculinos de su época.

También influyó algo más incómodo: su vida sentimental y su franqueza sobre amar a mujeres no encajaban bien en la narrativa cultural del siglo XX.

Hoy, sin embargo, su historia vuelve a despertar interés.

Porque Smyth no fue solo una compositora importante. Fue también una lesbiana visible cuando casi nadie lo era, una activista radical del sufragio femenino y una artista que se negó a vivir dentro de los límites que su época imponía.

Y, de paso, la única persona de la que sabemos que dirigió un coro revolucionario desde una cárcel… usando un cepillo de dientes como batuta.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio