En diciembre de 2008, Lauren tenía una vida cómoda, soltera, independiente y, según pensaba ella, claramente lista para decirle adiós al amor. Vivía en Austin, Texas, disfrutaba del golf, de su vinoteca vacía después de varios meses de celebraciones con amigas y no buscaba nada serio. Hasta que apareció Shelley.
Todo comenzó con algo tan mundano como contratar a alguien para que cuidara a su casa y a su pastor alemán Fenway durante las navidades. La cuidadora habitual había cancelado a última hora y una amiga recomendó a Shelley, una mujer nueva en la ciudad que también amaba los perros y que aquel diciembre estaba dispuesta a pasar las fiestas sin planes.
Cuando Lauren abrió la puerta con sus pantalones cortos, camiseta y los pies descalzos, no esperaba nada del otro mundo. Y sin embargo, ahí estaba Shelley, con su gran sonrisa, lista para trabajar. Lauren lo recuerda con una sola frase: “Me enamoré al instante”.
Shelley, por su parte, había llegado a Austin tras años trabajando en informática y con la intención de empezar de cero. Amaba su independencia y no pensaba en relaciones, así que pasó los primeros momentos concentrada en cumplir su tarea: anotar los horarios de Fenway, entender la logística de la casa y sacudir polvo aquí y allá.
Pero aquello que empezó como un trabajo pronto se volvió algo mucho más complicado y dulce. Entre paseos con Fenway, charlas y pequeñas anécdotas navideñas, Lauren no podía dejar de pensar en Shelley durante su viaje a casa de su madre para Navidad. Su mente volvía siempre a esa cuidadora que había aparecido espontáneamente en su puerta.
Cuando Lauren regresó, ya sin la gripe que se cogió en las fiestas, y con ganas de ver a Shelley otra vez, la invitó a salir. Empezaron con una peli —Slumdog Millionaire— en un cine con mesas y bebidas, lo que se convirtió en una cita que, sin decirlo en voz alta, empezó a delinear lo que vendría. Luego vino una cena, largas conversaciones y esa sensación de que, quizá, algo más estaba naciendo.
No fue un flechazo inmediato para ambas. Shelley dudó, porque le gustaba su vida independiente y no estaba segura de querer una relación seria. Lauren, sin embargo, fue clara: “Creo que sería el peor error de tu vida no estar conmigo”. Esa frase hizo algo profundo en Shelley, que terminó diciendo: “¿Me das 24 horas?”. Y al final de ese día, respondió que sí.
A partir de ahí, la historia no se detuvo. Juntas, hicieron cosas que van desde correr mañanas enteras hasta compartir auriculares con música a todo volumen. Fenway, con sus más de 50 kilos, también formó parte de ese inicio loco y tierno de relación, encantado de tener a Shelley como parte de la familia.
Con el paso de los años, la relación se solidificó. Se mudaron juntas, compartieron viajes, risas, anécdotas cotidianas y apoyo mutuo en los momentos clave. Cuando el matrimonio igualitario se legalizó en Estados Unidos, Shelley supo que quería dar otro paso: proponerle matrimonio a Lauren. Lo hizo de una manera tan simple y hermosa como su historia, sentadas en la cocina después de servir comida en un albergue en Navidad. “¿Te quieres casar conmigo?”, le preguntó Shelley. Y sí, Lauren dijo que sí.
Tuvieron una boda íntima en 2018 en casa de una amiga.
Hoy, décadas después, la historia de Lauren y Shelley se ha convertido en un relato icónico de amor inesperado y duradero, contado con humor y cariño en cada recuerdo. De cuidadora de perros a compañera de vida, Shelley no solo cambió la percepción que Lauren tenía del amor: la invitó a subir de nivel en la vida misma.
Lo que parecía una Navidad cualquiera terminó siendo el principio de todo. Y a veces, las mejores historias de amor no se buscan… tocan al timbre y te cambian la vida


