Bonolo Selelo y Tsholofelo Kumile tienen un problema bastante sencillo. Están enamoradas. Quieren casarse. Y su país les dice que no.
Dentro de unas semanas, estas dos mujeres se sentarán frente a seis jueces del Tribunal Superior de Botsuana para defender algo que millones de parejas heterosexuales dan por sentado: el derecho a decir “sí, quiero”.
Si ganan, Botsuana podría convertirse en el segundo país de África en reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo, después de Sudáfrica.
Pero esta historia no empezó en un tribunal. Empezó como empiezan casi todas las historias de amor. Con un encuentro.
Bonolo y Tsholofelo se conocieron en 2022 durante un evento cultural. Se gustaron, comenzaron una relación y, según cuentan quienes las conocen, prácticamente no se han separado desde entonces. Dos años después decidieron comprometerse.
Habían encontrado a la persona con la que querían compartir la vida. Entonces llegó el momento de hacer lo que hacen tantas parejas enamoradas: organizar una boda.
Y ahí descubrieron que para ellas no era tan sencillo.
Cuando intentaron registrar su unión, las autoridades de Botsuana se lo impidieron. La razón era tan simple como dolorosa: la ley matrimonial del país sigue hablando exclusivamente de “marido” y “mujer”.
Es decir, el Estado no cuestiona que se quieran. Simplemente actúa como si su amor no existiera. Muchas personas habrían aceptado la situación. Ellas decidieron cambiarla.
Bonolo, que además es abogada, presentó personalmente la demanda.
“Mi prometida y yo queremos formar una familia de manera oficial a través del matrimonio. Queremos disfrutar de los mismos derechos, dignidad y reconocimiento que las parejas heterosexuales en Botsuana”, escribió en su recurso judicial.
Hay algo profundamente poderoso en esa frase. Porque no están pidiendo privilegios. No están reclamando un trato especial. No están exigiendo nada extraordinario. Están pidiendo exactamente lo mismo que cualquier otra pareja.
Dignidad. Reconocimiento. Igualdad.
Y, sin embargo, lo que para millones de personas es un trámite administrativo, para ellas se ha convertido en una batalla histórica.
Según organizaciones LGTBI+, nunca antes una pareja de lesbianas negras había llevado un caso similar ante los tribunales africanos.
“Ninguna pareja de lesbianas negras había impugnado una ley matrimonial en el continente”, explican desde The PRIDE Centre, una de las organizaciones que sigue el proceso.
Por eso este caso es tan importante.
No solo para Botsuana. No solo para África.
También para todas las lesbianas que alguna vez han escuchado que sus relaciones son menos válidas, menos serias o menos familiares que las demás.
Porque eso es exactamente lo que está en juego. La pregunta no es si Bonolo y Tsholofelo se quieren. La pregunta es si ese amor merece el mismo reconocimiento que cualquier otro. Y hay mucha gente empeñada en responder que no.
Durante la primera vista judicial, celebrada en marzo, alrededor de un centenar de manifestantes se concentraron frente al tribunal. Algunos llevaban pancartas que calificaban el matrimonio igualitario como algo contrario al cristianismo y a la cultura tradicional del país.
“Creemos en la familia y una familia la forman un hombre y una mujer”, declaró Grace Silver, portavoz de una organización conservadora local.
Es un argumento que nos resulta familiar.
Lo hemos escuchado en España.
En Francia.
En Estados Unidos.
En prácticamente todos los lugares donde las personas LGTB han conquistado derechos.
Y siempre ocurre algo curioso.
Que las familias siguen existiendo después.
Porque las bodas entre mujeres nunca han destruido a las familias.
Lo que hacen es ampliar la definición de quién puede formar una.
Botsuana vive precisamente esa tensión.
Por un lado, es uno de los países africanos que más ha avanzado en derechos LGTBI durante los últimos años.
Hasta 2019 las relaciones entre personas del mismo sexo podían castigarse con hasta siete años de prisión. Ese año, un estudiante de Derecho consiguió que el Tribunal Superior declarara inconstitucional esa legislación heredada de la época colonial británica.
En 2021, la decisión fue ratificada.
Y este mismo año se eliminaron definitivamente del ordenamiento jurídico los artículos que criminalizaban la homosexualidad.
Sobre el papel, el progreso es enorme.
Pero la vida real avanza más despacio que las leyes.
Un estudio realizado en el sur de África mostró que más de cuatro de cada diez personas homosexuales habían sufrido violencia física.
Las redes sociales continúan llenas de discursos de odio.
Y hace apenas unos meses un joven fue asesinado en un crimen que activistas consideran un posible ataque homófobo.
Por eso la batalla de Bonolo y Tsholofelo va mucho más allá del matrimonio.
Tiene que ver con la visibilidad.
Con existir.
Con ocupar espacio.
Con demostrar que las lesbianas africanas siempre han estado ahí.
Porque otra de las grandes mentiras que escuchan constantemente es que ser lesbiana es algo “importado de Occidente”.
Las activistas locales responden recordando que las diversidades sexuales y de género existían en África mucho antes de la colonización europea.
De hecho, argumentan que las leyes que persiguen esas identidades son mucho menos africanas que las propias personas LGTBI.
Y quizá por eso esta historia emociona tanto.
Porque mientras algunos intentan convertirlas en un símbolo, Bonolo y Tsholofelo siguen comportándose como una pareja cualquiera.
Se toman de la mano en los tribunales.
Se intercambian sonrisas nerviosas.
Se tranquilizan mutuamente antes de las vistas.
Y recuerdan algo que a veces olvidamos entre titulares y debates.
Que detrás de cada avance histórico suele haber dos personas que simplemente quieren vivir su vida.
“Nos queremos, y eso es lo único que importa”, han dicho.
Es una frase sencilla.
Pero también es una declaración política.
Porque en muchos lugares del mundo, todavía hoy, amar sigue siendo un acto de valentía.
Y estas dos mujeres están a punto de demostrarlo ante todo un continente.

