¿Se puede perdonar una infidelidad? La tuya o la de tu novia

Estás junto a tu novia tomando un vino, charlando, la miras y sonríes por dentro. ¿Cómo es posible que tengas tanta suerte? Uf, cuánto la quieres, cuánto te gusta. Te imaginas toda la vida con ella… Pero lo cierto es que el “toda la vida” es más largo de lo que parece. Que el amor y el deseo van atravesando fases, que lo único estable es el cambio.

Y cuando pensabas que nadie más que tu chica podía hacerte sentir otra cosa, pasa. Y caes. A veces es eso, a veces aburrimiento, a veces falta de autoestima, desconexión con la pareja, egoísmo, querer sentirse “viva” otra vez sacrificando la confianza de tu novia, etcétera.

Porque la infidelidad rara vez aparece de golpe. No suele llegar con una maldad consciente, sino con pequeñas grietas que no se miraron a tiempo. Con silencios. Con conversaciones aplazadas. Con esa sensación incómoda de estar bien… pero no del todo.

Y entonces llega la culpa. O el secreto. O ambas cosas a la vez. Y con ellas, la gran pregunta: ¿qué hago ahora?

Desde la psicología, la infidelidad no se entiende solo como un acto sexual o romántico, sino como una ruptura del acuerdo emocional de la pareja. Y ese acuerdo, aunque no siempre se verbalice, existe. Se construye con expectativas, con pactos implícitos, con la idea de “yo confío en ti”. Por eso duele tanto. Porque no solo se traiciona a la otra, también se traiciona la imagen que una tenía de sí misma.

Hay mujeres que descubren una infidelidad y sienten que el suelo desaparece bajo sus pies. No solo porque su novia haya estado con otra persona, sino porque de repente dudan de todo: de lo vivido, de lo compartido, de su propia intuición. “¿Cómo no me di cuenta?”, “¿era todo mentira?”, “¿qué hice mal?”. La mente busca respuestas como si así pudiera recomponer lo roto.

Y luego está la otra cara, la menos contada. La de quien fue infiel. La de quien no se reconoce en lo que ha hecho. La de quien ama y, aun así, ha cruzado una línea. Desde fuera parece sencillo señalar, pero desde dentro suele haber confusión, miedo, vergüenza y una pregunta igual de incómoda: ¿soy mala persona por haber hecho esto?

La psicología es bastante clara en algo que suele incomodarnos: una infidelidad no define a una persona, pero sí habla de un momento vital, de una forma concreta —y poco sana— de gestionar el deseo, el vacío o el conflicto. No es una excusa, pero sí una explicación necesaria si se quiere entender qué ha pasado y qué hacer después.

Perdonar o no perdonar no es una decisión moral. No va de ser generosa, madura o moderna. Va de si hay condiciones reales para reconstruir la confianza. Porque el perdón no borra lo ocurrido. El perdón, si llega, llega después. Cuando hay verdad. Cuando hay responsabilidad. Cuando la herida puede mirarse sin negarla.

Hay parejas que atraviesan una infidelidad y descubren conversaciones que nunca habían tenido. Otras se rompen, incluso queriéndose. Y ambas cosas pueden ser válidas. Lo que no suele funcionar es perdonar deprisa, por miedo a perder, por no quedarse sola, por sostener una idea de pareja que ya no existe.

¿Y si quieres perdonar? Lo primero es saber que no tienes que hacerlo rápido ni bien. El perdón no es una meta que se alcanza por voluntad, sino un proceso que necesita tiempo, seguridad y coherencia. Puedes empezar por permitirte sentirlo todo sin juzgarte: la rabia, la tristeza, la desconfianza, incluso el amor que sigue ahí pese a todo. Y respetar tus necesidades. A veces tu primera intención es perdonar y te das cuenta de que no es posible, o todo lo contrario.

Perdonar no es olvidar ni minimizar lo ocurrido, es comprobar, día a día, si tu pareja es capaz de sostener tu dolor sin defenderse, de responder con hechos y no solo con palabras, y de implicarse activamente en reconstruir la confianza. A veces ayuda poner límites claros, redefinir acuerdos, pedir acompañamiento terapéutico o simplemente darte espacio para ver qué necesitas de verdad. Y algo importante: si decides perdonar, que no sea para volver a como estabais antes, sino para ver si podéis construir algo nuevo, más honesto y más consciente.

A veces perdonar no es seguir juntas. A veces es aceptar que ese vínculo ya no puede ser el mismo. Que el amor, por sí solo, no siempre es suficiente.

Y quizá la pregunta más honesta no sea si se puede perdonar una infidelidad, sino si una está dispuesta a atravesar el proceso que implica. A escuchar cosas que duelen. A revisar acuerdos. A asumir riesgos. A reconstruir —o a soltar— desde un lugar más consciente.

Porque amar, al final, también es hacerse cargo. De lo que se siente. De lo que se hace. Y de lo que ya no se puede deshacer.

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