LESBITERARIAS. SIGLO XX (1930-1960). Las mujeres que escribieron en la oscuridad para que hoy pudiéramos leer a plena luz

Por A.G. Novak 
Si quieres entender cómo empezó a escribirse la modernidad sáfica, no vayas a las academias ni a las universidades: ve a los bares (¡qué lugares!). Entre guerras, revoluciones, cafés llenos de humo y absenta, surge una generación de escritoras que, aunque no pretendieron publicar manuales para amar a otras mujeres —ni que eso fuese remotamente posible—, tenían plumas que ardían como ascuas saltarinas.

Una de las primeras en encender la llama fue Djuna Barnes (1892–1982), poeta, ilustradora, periodista y escritora estadounidense que aterrizó en el París de los años veinte con la convicción de que la noche tenía mejores historias que el día (spoiler: las tenía). Allí mantuvo una relación con Thelma Wood, a la que consideró el amor de su vida y que convirtió en la protagonista de su novela Nightwood (1936), donde el deseo entre mujeres aparece envuelto en una belleza fatal. Barnes muestra la vida como una sucesión decadente y morbosa porque, según ella misma decía, «la vida real es así», a pesar de las apariencias que pretendía imponer la sociedad de la época. Sus personajes aman como quien camina en la oscuridad, tropezando y tambaleándose, avanzando sin saber si continúa el camino o hay un precipicio al final.

Su idea de que el amor entre mujeres no tenía que justificarse, solo contarse, abrió camino a escritoras posteriores, como Patricia Highsmith (1921–1995), una autora que no parecía hecha de la misma materia que las demás. Highsmith vivió entre sombras, alcohol y personajes poliédricos que rozaban la psicopatía. Escribió obras tan famosas como El talento de Mr. Ripley o Extraños en un tren, que pronto la encumbraron como una de las reinas del misterio. Pero, yendo a lo que nos da vidilla, la novela que la sacó del armario de soslayo fue The Price of Salt (1952), una historia de amor entre dos mujeres que escribió bajo pseudónimo. Sus editores la rechazaron, entre otras cosas porque contiene un final que entonces parecía impensable, vamos, que no condenaba el lesbianismo desde la rígida moral establecida, sino que mostraba un futuro posible de dos mujeres juntas… ¡Juntas! (OMG!!!).

Entiendo que los señoros editores se arrepentirían de no haberla publicado, porque la novela se vendió como churros la mañana de año nuevo. Treinta años más tarde, Highsmith la reeditó con su nombre real y le cambió el título por Carol (te suena un poco más, ¿verdad?). Patricia Highsmith fue una de las autoras de suspense más premiadas e importantes del siglo XX, sus obras han sido traducidas a varios idiomas y adaptadas al cine en multitud de ocasiones. La vida personal de Highsmith no fue tan estupenda, sus relaciones con otras mujeres apenas duraron unos pocos años y fue refugiándose en su soledad, no en vano afirmaba que envuelta en ella su imaginación funcionaba mejor. A falta de novia, buenos son los villanos novelescos.

Una contemporánea a Highsmith, aunque menos longeva, fue Carson McCullers (1917–1967). Carson tenía la habilidad científica de enamorarse de mujeres inaccesibles que no la correspondían. Tuvo éxito muy joven con la novela The Heart Is a Lonely Hunter y su matrimonio con Reeves McCullers, que también era escritor y homosexual, fue una tragicomedia formada por celos profesionales, separaciones, reencuentros y un segundo matrimonio incomprensible para la mayoría. Las líneas de Carson están llenas de personajes frágiles e inadaptados que aman desde las lindes de la incomodidad, apostados en ese rincón donde nadie los presta atención y en el que pueden ser ellos mismos. Fue íntima amiga del dramaturgo Tennessee Williams y de Truman Capote, con el que no acabó muy bien, que digamos: ella le acusó de copiar sus textos y él de que Reeves se suicidara. 

Y mientras estas figuras brillaban en primera línea, otras escritoras lesbianas construían una tradición más discreta, aunque muy poderosa. Una de ellas fue Elsa Gidlow (1898–1986), una canadiense que publicó en 1923 el primer libro de poesía abiertamente lésbica de Norteamérica. En las décadas siguientes siguió escribiendo desde la serenidad, fundando comunidades en California y viviendo su lesbianismo sin culpa ni tragedias griegas. Para Gidlow, la revolución consistía en vivir como si el mundo ya fuese libre, una estrategia inteligente para sobrevivir sin úlceras a la opresiva sociedad puritana de su época.

Muy distinta fue la vida y obra de Mercedes de Acosta (1892–1968), una dramaturga neoyorquina, pariente de la Duquesa de Alba, que vivió su lesbianismo entre escenarios y huracanes emocionales. Son ya conocidos sus idilios con Marlene Dietrich y otras divas de la mitología artística de la época, como Isadora Duncan, aunque sin duda, el amor de su vida fue Greta Garbo. Mantuvieron una relación de casi treinta años, pero muchos dicen que para la actriz Mercedes nunca fue una prioridad. Mercedes convirtió su vida amorosa en una galería de pasiones imposibles. En 1960 publicó Here Lies the Heart, unas memorias que todavía hoy incomodan a los descendientes de aquellas que negaron esas relaciones por su posición social o porque en sus contratos había cláusulas que las obligaban a seguir una conducta «respetable». Muchas de ellas contrajeron matrimonios con hombres, en algunos casos homosexuales, para mantenerse de cara la galería, en los llamados lavender marriages. La propia Mercedes estuvo quince años casada con el pintor gay Abram Poole, aunque más que un matrimonio a mí me parece un contrato de coliving versión Hollywood.

Mientras tanto, en la campiña inglesa, Sylvia Townsend Warner (1893–1978) y Valentine Ackland (1906–1969) construyeron una de las historias de amor lésbico más sólidas del siglo XX. Vivieron juntas casi cuarenta años en su casa de Dorset, donde Warner escribió novelas convencionales donde corría una corriente subterránea de deseo femenino. Ackland escribió poesía austera, disciplinada, donde cada palabra pesa una tonelada. Su correspondencia revela una intimidad compleja, llena de dudas, sobre todo por el alcoholismo y las infidelidades de Valentine. Cuando ésta falleció, Sylvia dejó instrucciones para ser enterrada junto a su amada tras su muerte. Esta pareja de asombrosas mujeres fue uno de los símbolos lésbicos más poderosos de la época.

Como siempre digo, nuestros artículos no pueden mencionar a todas (mis disculpas sinceras), aunque intentamos que aparezcan las más relevantes. Es el caso de Gale Wilhelm (1908–1991), una escritora que en los años treinta y cuarenta hizo algo que muy pocas se atrevían a hacer: narrar amores entre mujeres de forma abierta. En We Too Are Drifting y Torchlight to Valhalla, Wilhelm retrata vínculos lésbicos en un mundo que insistía en tratar el lesbianismo como desviación y pecado mortal de necesidad. Su primera relación importante la mantuvo con Helen Hope Rudolph Page, desde 1938 a 1948, año en el que Helen murió. Esta tragedia, unida a la muerte de su padre y las dificultades del oficio, hicieron que Gale abandonara la escritura y desapareciera del mapa.

Cuando Naiad press, una editorial dedicada a la literatura lésbica y feminista, reeditó We Too Are Drifting, se incluyó un prólogo de la editora y escritora Barbara Grier, en él, Grier especulaba que Wilhem dejó de escribir antes de los 40 porque «el mundo no le permitía escribir los libros que ella quería». Estuvo varios años intentando localizarla y en 1985 la encontró en Berkeley, anciana y enferma, pero feliz de que sus libros todavía se leyeran. Wilhelm vivió con su segundo gran amor, Kathleen Huebner, desde 1953 hasta su muerte en 1991. 

Todas estas magníficas mujeres forman una genealogía imperfecta, irregular y dispersa, pero tan luminosa como un faro en mitad de la noche. No compartieron un movimiento ni firmaron un manifiesto sáfico, pero construyeron algo parecido a una tradición: la de las mujeres que escribieron cuando el mundo —de los hombres y sus reglas a conveniencia— prefería que su bella naturaleza no existiera.

Por eso escribe, lesbiana, tus palabras no serán borradas, aunque algunos energúmenos lo deseen con todas sus fuerzas. Que sus gritos se conviertan en una baliza para seguir avanzando en mitad de la tormenta.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio