El momento más romántico de los Juegos Olímpicos de Invierno sucedió justo ayer y estuvo protagonizado por un pareja de talentosas y admirables mujeres. Hilary Knight se arrodilló ante Brittany Bowe y le propuso matrimonio.
Si el hockey tuviera santoral, Hilary Knight estaría en él. La capitana de la selección femenina de hockey sobre hielo de EE. UU. es considerada una de las jugadoras más destacadas en la historia del deporte: cinco participaciones olímpicas, múltiples medallas (incluida la histórica de oro en PyeongChang 2018) y récords de goles y puntos en la historia de los Juegos para su país.
Pero Knight no es sólo talento sobre el hielo: también ha tenido un camino personal de visibilidad y valentía. A lo largo de su carrera decidió hablar abiertamente de su identidad como lesbiana, reconociendo que hacerlo podía dar visibilidad a otras atletas que aún viven en la sombra de sus propias dudas.
Brittany Bowe, por su parte, no se queda corta. Speedskater estadounidense de élite, Bowe empezó su vida deportiva sobre ruedas y se convirtió en una de las patinadoras de velocidad más destacadas del mundo. Con dos medallas de bronce olímpicas (2018 y 2022) y una carrera salpicada de récords, títulos y podios, Bowe ha sabido combinar disciplina, corazón y perseverancia sobre el hielo.
En los Juegos de Milan-Cortina 2026, Bowe compite en lo que ha anunciado como su última participación olímpica, en la prueba de 1.500 metros, cerrando así un ciclo formidable en la élite del deporte.
Primero compañeros de equipo… luego compañeros de vida
Su historia juntas empezó en otro momento olímpico: en los Juegos de Beijing 2022. Entre protocolos de mascarillas, pruebas de atletismo y largas caminatas por la Villa Olímpica para desconectar del estrés competitivo, Knight y Bowe se fueron conociendo. Esa amistad entre callejones de hielo y pistas se transformó en algo más, y desde entonces han sido prácticamente inseparables.
En el fondo, no es extraño: dos atletas de élite que pasan años viajando, entrenando y sintiendo la presión de competir al más alto nivel terminan encontrando esa persona que entiende no sólo las victorias, sino también las derrotas, los temores y el agotamiento después de un entrenamiento brutal.
Ahora viven juntas en Salt Lake City, ciudad que es como ese “campamento base del amor y el hielo”: ella entrenando para velocidad, ella preparándose para finales de hockey, y las dos encontrando equilibrio entre la adrenalina y las cenas en casa viendo una serie.
Está elección de lugar y momento es… digamos, icónica: sí, encontraron el amor gracias a los Juegos, y decidieron hacer de ese mismo escenario el hito que sellaría su compromiso. Es como si en su guion olímpico la boda fuera el evento extra tras las medallas.
Además, su visibilidad pone en pantalla algo que muchas celebramos: las historias lésbicas en los deportes no son una excepción, sino parte de la normalidad, y que lleguen en forma de compromiso y futuro compartido es, sinceramente, inspirador.

