ATENCIÓN: este artículo contiene spoilers de Sterling Point. Si todavía no la has visto, tienes dos opciones: abandonar inmediatamente esta página o asumir las consecuencias. Nosotras hemos avisado.
Hay un momento en Sterling Point en el que probablemente muchas lesbianas pensamos exactamente lo mismo:
Oona, por favor, no la líes.
Todo está ahí. La chica que quieres también te quiere. Después de años de amistad, miradas, sentimientos escondidos y ese maravilloso sufrimiento lésbico de somos mejores amigas pero evidentemente aquí están pasando cosas, Oona y Ramona por fin se permiten estar juntas.
Y funcionan. Se besan. Se enamoran. Entran en esa maravillosa fase de luna de miel que hasta la propia sinopsis oficial de Prime Video utiliza para describirlas en el sexto episodio.
Ramona empieza a bajar la guardia. Oona también. Y entonces ocurre algo aparentemente incomprensible.
Oona sale corriendo. No porque haya dejado de querer a Ramona. Precisamente porque quererla empieza a importar demasiado.
Y ahí Sterling Point, una de las nuevas obsesiones lésbicas de este verano, deja de ser simplemente una serie adolescente con una bonita historia entre dos chicas y toca algo mucho más incómodo: el miedo a ser vulnerables.
Primero: ¿quiénes son Oona y Ramona?
Para las que todavía no habéis caído en Sterling Point, pongámonos en situación.
La nueva serie de Prime Video comienza cuando Annie Jacobson, una adolescente neoyorquina, descubre que ella y su hermano mellizo han heredado una pequeña isla en Muskoka, Canadá, perteneciente a un abuelo al que nunca les permitieron conocer.
Annie viaja hasta allí buscando respuestas y descubre algo bastante más grande: secretos familiares, una hermana cuya existencia desconocía y todo un pequeño universo de personajes entre los que están Ramona y Oona.
Ramona, interpretada por Amélie Hoeferle, es intensa, complicada y lleva encima una historia familiar bastante difícil. Oona, interpretada por Bo Bragason, es divertida, magnética y su mejor amiga.
Y entre ellas hay algo. Bueno. Hay MUCHO. Y comienza el romance que ha conquistado a buena parte del público lésbico de la serie. Hasta que Oona decide terminarlo.
No te dejo porque no te quiera. Te dejo porque puedes hacerme daño
Aquí está lo interesante.
Oona ha crecido con una madre emocionalmente poco fiable. Ha aprendido que las personas que quieres pueden desaparecer y, como mecanismo de protección, intenta no necesitar demasiado a nadie. Mientras Ramona era su amiga, podía quererla manteniendo cierta seguridad.
Pero convertirse en pareja significa otra cosa. Ahora puede perderla. Y cuando esa posibilidad aparece, Oona hace algo que muchas personas reconocerán aunque jamás hayan pisado Sterling Point: irse primero.
Si termino yo la relación, no puedes abandonarme. Si no te necesito, no puedes decepcionarme. Si no te enseño cuánto me importas, nunca tendrás suficiente poder para destrozarme. Parece fortaleza. Pero muchas veces es miedo con un abrigo muy bonito.
La propia creadora de la serie, Megan Park, ha explicado que la ruptura tenía sentido precisamente por los problemas de abandono de Oona y por todo lo que estaba ocurriendo alrededor de Ramona. Para Park, esos miedos vuelven a activarse justo cuando ambas intentan convertir su amistad en una relación.
DIVA Magazine ha bautizado esta dinámica como “The Oona Problem”, el problema de Oona: cerrar la puerta antes de que alguien tenga la posibilidad de cerrártela a ti.
Y nos parece una definición maravillosa.
¿Por qué ser vulnerable da tanto miedo?
Porque ser vulnerable significa perder parte del control. Decir “me importas” implica reconocer que esa persona tiene capacidad para hacernos daño. Decir “te necesito” significa admitir que quizá algún día podamos echarla de menos. Decir “quiero intentarlo contigo” lleva incorporada una posibilidad bastante incómoda: que no salga bien.
Y somos buenísimas inventándonos maneras mucho más elegantes de decir “tengo miedo”. “No estoy preparada para una relación.” “Necesito estar sola.” “No quiero hacerte daño.” “Creo que estamos en momentos diferentes.” “Esto se está poniendo demasiado intenso.”
A veces todas esas frases son absolutamente ciertas. Y otras veces significan: me importas tanto que estoy aterrorizada.
Las lesbianas llevamos viendo esto en televisión toda la vida
DIVA señala algo divertido: Oona está lejos de ser la primera.
Porque si existe una pareja que podría haber realizado un máster en quiero estar contigo pero voy a hacer absolutamente todo lo posible para complicarlo, son Bette y Tina en The L Word.
Se querían.
Muchísimo.
Pero entre infidelidades, huidas, relaciones con otras personas, reconciliaciones y una incapacidad espectacular para permanecer tranquilas cuando las cosas funcionaban, necesitaron años para aprender a estar juntas.
Después llegaron Villanelle y Eve en Killing Eve, donde la intimidad se construía directamente alrededor del peligro y la distancia.
Callie y Arizona en Grey’s Anatomy tampoco fueron precisamente dos señoras especializadas en gestionar los conflictos tomando tranquilamente un té.
Y basta con ver The Ultimatum: Queer Love para comprobar que la televisión sin guion tampoco se queda corta cuando se trata de mujeres queriendo amor y, simultáneamente, levantando barricadas para evitarlo.
Ahora bien, aquí conviene hacer una puntualización importante.
No tenemos ninguna evidencia de que las lesbianas tengamos genéticamente instalado el botón de autosabotaje.
No existe un cromosoma bollero que nos obligue a enamorarnos perdidamente de una mujer y, tres meses después, decirle que necesitamos “espacio para encontrarnos a nosotras mismas”. Pero sí hay algo interesante alrededor de la vulnerabilidad.
Queremos intimidad. Pero mostrarla nos da vergüenza
DIVA recoge los resultados del último informe D.A.T.E. de Hinge, realizado entre más de 30.000 personas: el 84% de la generación Z afirma querer conexiones emocionales más profundas y, al mismo tiempo, más de la mitad reconoce haber sentido vergüenza después de mostrarse vulnerable.
Es lo que la plataforma denomina “vulnerability hangover”, algo así como la resaca de vulnerabilidad.
Seguro que la conoces. Has tenido una conversación preciosa. Has contado algo que normalmente no cuentas. Has dicho cuánto te importa alguien. Te has mostrado sin armadura. Y al día siguiente tu cerebro decide:
¿PERO POR QUÉ CONTÉ TODO ESO?
De repente queremos recuperar las palabras, parecer menos interesadas, contestar el WhatsApp tres horas después y reconstruir urgentemente una dignidad que, en realidad, nunca habíamos perdido. Porque mostrar interés sigue pareciéndonos más peligroso que fingir indiferencia.
Irse no siempre significa ser valiente
Hay otra cuestión del artículo de DIVA que merece la pena rescatar.
Nuestra cultura ha aprendido muchísimo sobre límites, independencia emocional y relaciones tóxicas.
Y eso es extraordinariamente positivo.
Sabemos que no debemos permanecer en una relación que nos hace daño simplemente porque queremos a alguien. Pero quizá, en ocasiones, hemos confundido protegernos con no arriesgarnos nunca. No todo malestar es una red flag. No toda discusión significa incompatibilidad. No toda incertidumbre exige abandonar una relación.
Y sentir miedo cuando alguien empieza a importarnos tampoco significa necesariamente que estemos con la persona equivocada.A veces significa exactamente eso: que nos importa.
Quizá la verdadera valentía sea quedarse cinco minutos más
La reflexión más bonita que deja Sterling Point no consiste en decir que Oona debería haber aguantado cualquier cosa por amor.
Ni mucho menos. Es algo bastante más pequeño. Cuando nuestro instinto nos diga que huyamos, quizá podamos preguntarnos primero:
¿Estoy marchándome porque esto me hace daño o porque esto me da miedo?
Son cosas completamente diferentes. Oona todavía tendrá oportunidad de averiguarlo.
Porque Sterling Point ha sido oficialmente renovada para una segunda temporada, después del éxito de la primera, y Megan Park ya ha dejado claro que la ruptura abre muchísimo terreno para seguir explorando la relación entre ambas.
Así que nosotras tenemos una petición bastante sencilla para los guionistas. Que Oona vaya a terapia. Que Ramona vaya a terapia. Que después hablen.
Y luego, si puede ser, que vuelvan a besarse. Porque quizá madurar emocionalmente no consista en dejar de tener miedo. Quizá consista en aprender que cuando alguien nos importa de verdad, la solución no siempre está en correr más rápido.
A veces está en quedarse un poquito más.
