por María Jesús Méndez
¿Cómo hubiera sido mi vida si hace más de treinta años, cuando estaba en el colegio, tres mujeres lesbianas adultas se hubieran puesto delante de mi clase para hablarnos de amor, diversidad e igualdad?
Seguramente estaría justo donde estoy ahora, solo que el camino para llegar hasta aquí habría sido mucho más corto y mucho más recto. Seguramente habría sabido poner nombre antes a eso que me pasaba y que me hacía sentir diferente. Lo más probable es que no hubiera dado tantas vueltas, que no hubiera pensado durante tanto tiempo que la palabra lesbiana era un insulto y que habría entendido mucho antes que no había nada malo en mí.
No es posible vivir una vida diferente a la que hemos vivido, pero sí podemos resignificar el camino recorrido. Hubo algo profundamente emocionante —e incluso sanador— cuando me puse delante de las clases del colegio en el que estudian mis hijos para hablar sobre la importancia de ser quienes somos, de amar a quienes queremos amar.
Fue igual de emocionante ver a otras madres del colegio, también lesbianas, contar con absoluta naturalidad que estaban casadas con otras mujeres y que sus hijas formaban parte de esa misma comunidad educativa. Sin explicaciones. Sin disculpas. Simplemente estando.
Mis hijos estudian en un colegio público de Madrid. Uno está en Primaria y el otro en Infantil. No tienen dos mamás; tienen una. Una madre soltera, lesbiana y feminista.
Tenemos la enorme suerte de contar con una dirección y un profesorado que acogieron con entusiasmo nuestra propuesta de celebrar el Mes del Orgullo en el colegio. Queríamos explicar a los niños qué es el Orgullo, por qué existe, qué derechos hubo que conquistar y cómo España se convirtió, en 2005, en el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio igualitario, permitiendo que familias como las nuestras existieran también ante la ley.
Con los más pequeños hablamos de diversidad familiar a través de los cuentos. Con los mayores, del Orgullo de ser quienes somos, del respeto y de la libertad de amar. Después llegó el momento de dibujar, escribir y hacer preguntas.
Y entonces pasó algo precioso.
Descubrimos a niños profundamente sensibles a la diversidad. Niños de culturas, religiones y realidades muy distintas que comprendían con una naturalidad admirable que, si en algunos países dos hombres o dos mujeres no pueden quererse libremente, eso no es justo. Niños que entendían que la igualdad hace mejor una sociedad. Que el respeto no le quita nada a nadie y se lo da todo a quien durante mucho tiempo no lo tuvo.
Mientras veía sus dibujos y leía los cuentos que habían escrito, no podía dejar de hacerme la misma pregunta con la que había empezado el día.
¿Cómo hubiera sido mi vida?
¿Cómo habría sido la vida de tantas mujeres lesbianas que conozco si alguien hubiera entrado en nuestras aulas para decirnos, simplemente, que existíamos? ¿Que podíamos enamorarnos de otra mujer? ¿Que podíamos casarnos? ¿Que incluso podíamos formar una familia?
Quizá hoy seríamos las mismas.
Pero seguramente habríamos tardado menos en encontrarnos.
Y entonces entendí que aquella charla no era solo para ellos.
También era para la niña que fui yo.
La que nunca tuvo referentes. La que creyó durante demasiados años que aquello que sentía debía esconderse. La que necesitaba que algún adulto le dijera, aunque solo fuera una vez, que el amor nunca puede ser motivo de vergüenza.
Quizá por eso salí del colegio con la sensación de haber cerrado un pequeño círculo.
Porque no pude cambiar la infancia que tuve.
Pero sí pude ofrecerles a otros niños —y quizá también a alguna niña que todavía no sabe quién es— la infancia que a mí me habría gustado tener.
