Junio es el mes del Orgullo. El mes de las banderas, de las celebraciones y de los recuerdos. Pero también es el mes perfecto para mirar hacia atrás y acordarnos de las mujeres que se pusieron en primera línea cuando hacerlo podía costarte el trabajo, la familia o la seguridad.
Porque mucho antes de que las empresas llenaran sus logos de arcoíris, mucho antes de que existieran matrimonios igualitarios en buena parte del mundo, hubo lesbianas que decidieron ponerse al frente cuando casi todo el mundo prefería permanecer oculto.
Y una fotografía de 1978 lo resume perfectamente.

En ella aparece un grupo de mujeres lesbianas sobre motocicletas, encabezando una marcha del Orgullo en Jacksonville, Florida. Miran a la cámara con una mezcla de orgullo, desafío y tranquilidad. Como si supieran algo que el resto aún estaba aprendiendo: que la visibilidad siempre ha sido una forma de resistencia.
Para entender la importancia de aquella imagen hay que viajar a la América de finales de los años setenta.
Jimmy Carter ocupaba la Casa Blanca. Harvey Milk acababa de convertirse en uno de los primeros cargos públicos abiertamente homosexuales del país. Y al mismo tiempo, una mujer llamada Anita Bryant lideraba una de las campañas homófobas más exitosas de la historia reciente de Estados Unidos.
Bajo el lema “Save Our Children” (“Salvad a los niños”), Bryant convenció a miles de personas de que gays y lesbianas suponían una amenaza para la infancia. La campaña logró derogar en Florida una ordenanza que protegía a docentes y empleados públicos LGTB frente a la discriminación. De un día para otro, muchas personas podían volver a ser despedidas simplemente por ser quienes eran.
El mensaje era claro: volved al armario. Y mucha gente tuvo miedo. No era paranoia. Era supervivencia.
En ese contexto nació el primer gran Orgullo de Jacksonville. Y cuando llegó el momento de decidir quién encabezaría la marcha, un grupo de lesbianas moteras levantó la mano.
Entre ellas estaba Colleen “Cash” Nevitt, que décadas después recordaría el enorme temor que existía entonces. En declaraciones a LGBTQ Nation explicó que mucha gente tenía miedo de aparecer en el desfile por posibles represalias o episodios de violencia. Por eso se sintió especialmente orgullosa de las mujeres que decidieron colocarse al frente y ser perfectamente visibles.
Mientras otras personas protegían su identidad, ellas arrancaron sus motos.
No llevaban pancartas especialmente sofisticadas. No tenían patrocinadores. No existían influencers ni campañas institucionales.
Tenían algo mucho más poderoso.
Tenían coraje.
Aquellas mujeres formaban parte de una tradición que acababa de nacer pocos años antes en San Francisco. En 1976, entre veinte y veinticinco mujeres motociclistas se colocaron espontáneamente en la cabecera de la marcha del Orgullo. Las motos servían para abrir paso al desfile y marcar el ritmo de la manifestación. Sin saberlo, estaban creando una de las imágenes más icónicas de la historia del movimiento LGTB.
Poco después, el nombre empezó a circular por periódicos y comunidades lesbianas: Dykes on Bikes.
“Bolleras en moto”.
Un insulto convertido en bandera.
Una provocación convertida en orgullo.
Lo que comenzó como un pequeño grupo terminó convirtiéndose en una organización internacional con capítulos en distintos países y una presencia inseparable de las celebraciones del Orgullo. Durante décadas han seguido liderando desfiles en ciudades de todo el mundo, recordándonos que la libertad también puede sonar como un motor rugiendo.
Pero quizá lo más emocionante de la historia no son las motos.
Es quiénes eran esas mujeres.
Lesbianas visibles en 1978.
Mujeres que llevaban el pelo corto cuando eso despertaba sospechas.
Mujeres que amaban a otras mujeres cuando hacerlo podía destruir una carrera profesional.
Mujeres que se negaban a pedir permiso para existir.
Mientras buena parte de la sociedad intentaba presentarlas como peligrosas, masculinas o indeseables, ellas respondían ocupando las calles.
Y lo hacían con una sonrisa.
Hay otro detalle maravilloso en toda esta historia.
La nieta de Anita Bryant, la mujer que dedicó buena parte de su vida a combatir los derechos de las personas LGTB, acabó saliendo del armario como lesbiana y casándose con su esposa años después.
La historia tiene sentido del humor a veces.
Hoy seguimos viendo a las Dykes on Bikes abrir marchas del Orgullo en muchas ciudades. Sus motos siguen rugiendo. Sus chalecos siguen acumulando kilómetros. Y su presencia sigue recordándonos algo importante.
Que cada derecho que hoy disfrutamos empezó con alguien que tuvo miedo.
Y decidió hacerlo igualmente.
Por eso, cuando este mes veas una moto abrir una manifestación del Orgullo, recuerda que no es solo una tradición.
Es un homenaje a las mujeres que avanzaron primero para que las demás pudiéramos seguirlas.

